Desaparecer

Llevo tiempo evitando el lado oscuro del bosque, tiempo andando de puntillas para no despertar a la Bestia. Llevo una vida entrenándome al miedo. Porque aprendí a no hacer ruido hoy no me oigo.

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El hambre

En la noche los oigo cómo se relamen, el chasquido de sus lenguas chocando contra el paladar me mantiene alerta. Miro, desde una distancia prudencial, la escena.
Dos sombras surgen de entre la basura. Se rozan, se empujan, gruñen. Me parece ver sus encías rojas como la envidia. Dos sombras inician la danza del hambre. Salivan, ululan, muerden.
Me hallo en el centro exacto de la noche; allí donde la luz no llega. De repente el más joven, lleno de un orgullo tan violento como inútil, agarra un palo y azota. Oigo crujir. El mayor, que ya no recuerda cómo se ganan las batallas, abre el morro pero sin grito. Solo pasmo.
Tal vez se pregunte, como yo, en qué momento dejamos que nos robaran la humanidad.   

 

LOBA

Siempre he sabido que algo iba mal.
En el colegio, cuando me escondía en algún rincón tranquilo, alejada del hedor de los otros niños, a salvo de sus chicles de fresa y de sus manos pegajosas. Y más tarde en la universidad, en el metro, en el trabajo, en las cenas… cuando por un motivo u otro tenía que salir corriendo de allí. Sigo siendo incapaz de soportar el choque de las vidas de los demás en contacto con la mía.

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“mamá”

Mi hija no ha aprendido a llamarme “mamá”, le ha salido solo; soy yo quien tendrá que aprender a responder a esa palabra.
“Mamá” es un balbuceo que nuestra presencia constante llenará de sentido. No al revés.

Perras

Ya no se aúlla con el morro abierto al hambre, ya no se muerde, a penas se sangra… Ahora lamemos la mano de quién nos alimenta sin recordar dónde nació nuestro apetito, somos Perras sí, pero con dueño

Razones que la razón no entiende

“¡¡SantoDiosPorqueQuieresEntenderloTodoMeAgotas!”

Ha sido siempre el leitmotiv de mi madre ante mis preguntas. Empezaron a la temprana edad de mis 3 años, así que la pobre mujer se merece toda la compasión de la cual yo sea capaz.

Por un problema al nacer, arrastré una pierna hasta los 4 años. Para compensar esa falta de gracia me convertí rápidamente en la ingeniosa del grupo. O sea que el coco me iba a mil, mientras les daba tiempo a mis piernas a organizarse. Y eso acababa literalmente con la paciencia de mi madre. Un día, mientras le rompía las orejas con mis “por qués”, se escudó tras una frase hecha con tal de no oírme más.

“¡Basta, que no hay que entenderlo todo! ¡El corazón tiene razones que la razón no entiende!”

¡Y zas! En vez de conseguir que la dejase en paz, me generó otra duda. “¿razones que la razón no entiende?… ¡menuda estupidez!” Y una nueva angustia para mi colección.

Mientras los demás coleccionaban peluches yo recopilaba dudas. ¿No Entender?… Pero si yo precisamente lo que necesitaba era entender, no tanto para poder amar, sino para no odiar. Me había dado cuenta de que cuando entendía algo ya no podía odiarlo. Y eso era lo más parecido al Amor que había encontrado por el momento. Llevaba pocos años aterrizada en este planeta y todavía no acababa de convencerme, así que Necesitaba Desesperadamente entender algo.

La primera vez que vi las noticias en la tv, debía de tener 4 años, fui a mi madre llorando diciéndole que no me había dado cuenta, que todos esos horrores los había hecho sin querer. La pobre mujer se pasó varios días intentando quitarme la idea de la cabeza, y entre trankimazín y trankimazín me iba taladrando con el mantra “LoQueSucedeEnElRestoDelMundoNoEsCulpaTuya”, y aunque por un lado entendía que una niña no podía ser culpable de todo eso, algo no me cuadraba. ¡¿Si estábamos todos aquí, como no iba a ser yo también responsable!? Otro día le solté un: “Mamá, yo no me quiero morir”.

No es de extrañar que a veces pensaran que Mafalda era mi hermana gemela… En fin, la cuestión es que ante esa nueva angustia a mi madre se le hinchó la vena del cuello y se puso a gritar como una posesa “¡Pero si no te vas a morir, todavía!”

¡Zas!… TODAVÍA… Esa palabra me llevó a años luz de mi casa, de esa mujer mayor sin respuestas para mí, de este planeta raro en el que se suponía que iba a quedarme un rato. Supe que por mucho que mi madre me quisiera no podría Salvarme como se suponía que hacían las otras madres. Claro que seguramente mis amigos no pedían tanto; con unos buenos abrazos, bocadillos de Nocilla para la merienda y algún que otro regalo, les bastaba. A mí no, pobre madre, ni la Nocilla, ni los cromos, ni las canicas lograban calmar mi constante duda… ¿Qué hago yo en este mundo tan raro donde la gente parece no recordarse? ¿Tendré que volver a conocerlos uno por uno? ¡Qué pereza! ¿Tendré que pasarme todos esos años que dicen los mayores que hay que pasar encerrada entre cuatro paredes para aprender lo que otros ya saben? El colegio era una agonía. Pensaba que perdía el tiempo. Que ahí no estaba la vida. Claro que entendía que nos hacía falta aprender para tener un lenguaje común, valores más o menos iguales, una historia parecida afín de poder comunicarnos y organizar este extraño mundo en el cual estábamos. Sólo que pensaba que era una pena no Recordarlo. Que cada nueva generación tuviese que encerrarse 20 años a estudiar en vez de recordar lo que los padres ya sabían, me parecía un gran error evolutivo.
Pero el problema de base era que no me sentía identificada con nada de lo que había. Esas casas raras donde nos encerrábamos para vivir unos encima de los otros, sin pisar casi nunca el suelo. Esas idas y venidas de casa al cole, sin ver un solo árbol, un solo pájaro… sin tener ni idea de cómo era realmente este planeta en el cual estábamos todos. En el autobús que me llevaba a casa veía a los demás niños comer chuches, reír y jugar… y pensaba, “cuando seamos mayores ¿seguiremos riendo y comiendo chuches?… ¿Va de esto la vida? ¿De pasárselo bien y asegurarse de tener a mano el sabor que quieras? Uyyy creo que me aburriré…” y de pronto:

-“¡Mama ya lo tengo! ¡Somos Icebergs!”

Ojos al cielo -“Ahora no cariño, estoy muerta, tengo que hacer la cena y preparar la reunión de mañana. Va, dúchate y ven a cenar. Sé buena, Sarah, no más dudas por hoy.”

Bajo la ducha, dejando que el agua recorriera lentamente mi cuerpo, sonreía, feliz por primera vez en esos primeros 5 años de mi vida, ante esa nueva visión.

Icebergs.

Lo que yo veía no era a los demás, sólo había visto sus puntitas, lo que sobresalía de ése extraño océano del cual veníamos. Los demás no eran Sólo lo que yo percibía, debajo de ése extraño mar había mucho más, y lo mejor es que por debajo estábamos TODOS conectados, éramos una misma base.Teníamos las raíces en el mismo lugar pero cada uno era libre de crecer hacia dónde quisiera… o pudiera. Al ver a mi madre con cara de pocos amigos y puré de patata hasta las cejas entendí que “pudiera” era la palabra exacta. Y en ese momento la amé más que nunca y para siempre. En ese momento creo que entendí lo que era Amar y que el corazón tiene razones que la razón ENTIENDE.